
A Madrid no le importas. Te exige que seas turista, no habitante porque Madrid nunca duerme y va siempre con prisas.
He decidido, por hoy, ser turista. Quién sabe si mañana, quién sabe si ayer. Lo importante es que hoy, tal vez, la paseo como si fuera tan desconocida que nunca hubiera existido. Hoy tengo la mirada más limpia y el corazón en su sitio.
Y, entre todo este humo y este ruido, me presento otra vez. Me quito el sombrero y me pongo a sus pies. No la trato como si supiera perfectamente dónde ir, sino que me trato como si no supiera que me quiero encontrar. Y me pierdo entre sus calles admitiéndome extranjera. Quizá aún lo sea. Quizá siempre lo fui.
Siempre tuve mente de pasajera, pero siempre me dará las alas mi cielo de Madrid.
Hoy parece un pueblo muy grande que un día se me quedó pequeño. Un día, quise refugiar con el tiempo su risa y mi nombre. Hoy me perdono por haber esperado tanto tiempo y espero que Madrid me perdone por haberme ido de aquí para cumplir un sueño, cuando el sueño de muchos siempre ha sido y será Madrid.
Siempre que vuelvo, me duele quedarme; pero hoy es distinto. Porque, por más que me recuerde, mis pasos no son los mismos. Y, sin embargo, siempre seré la chulapa rodeada de violetas y claveles que no quiere admitir que, en realidad, seguirá siendo esa niña que bailaba chotis con su abuela y comía churros los domingos, iba a todas las verbenas y pensaba que era el centro del mundo por el simple hecho de haber nacido en una ciudad que mata y no duerme, pero que, con todo, la llenaré de orgullo por saber que me tiene. Que la pertenezco, aún sabiendo que no me pertenece.
Porque quien es de Madrid sabe que Madrid mata, pero también sabe que nunca muere.

Por: Mónica Gallego Guzmán
Escritora, gestora de proyectos artísticos y promotora cultural
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