“Un artículo sobre el cine en Madrid”… No sé por qué, pero las primeras imágenes que me vinieron a la cabeza fueron las de Eduardo Noriega corriendo por una Gran Vía completamente vacía, y la de Santiago Segura, total, y literalmente, colgado del enorme y mítico cartel del edificio Carrión, situado en la misma calle, la Gran Vía, la calle más cinematográfica, en todos los sentidos, de todo Madrid.


Entonces se me pasó por la cabeza escribir sobre la propia calle, la Gran Vía, sobre cómo ha cambiado de “recorrido cultural”, repleta, hace no demasiado tiempo, de salas de cine, teatros y esa “magia social” que sucedía en las largas colas de los mejores estrenos, en el interior de las oscuras salas, completamente abarrotadas de personas en silencio, mudas, entusiasmadas e inquietas ante el inminente espectáculo de imágenes maravillosas y momentos inolvidables reflejados en una pantalla, como decía, ha pasado a convertirse en un “recorrido turístico” feo y totalmente superficial, un escaparate vacío o, peor aún, totalmente desbordado, hasta la arcada, de capitalismo insustancial y consumista.

Eduardo Noriega en “Abre los ojos”
Santiago Segura en “El Día de la Bestia”

Pero entonces pensé que ya se ha escrito y se escribe mucho sobre este tema. Y no debe dejar de hacerse, por supuesto. Pero no yo, en este momento. Así que me puse a investigar (tengo que decir que brevemente, con toda honestidad) sobre películas que han sido rodadas en Madrid, y en las que la ciudad fuera también un personaje, a su manera. Y rápidamente me encontré con esta pequeña “joya”, de la que había oído hablar en muchas ocasiones, pero nunca había llegado a ver. Y aunque la pantalla en la que la vi no es, evidentemente, una pantalla de cine, sí era lo suficientemente grande como para poder admirar esta obra maestra sobre la soledad en la gran ciudad, repleta de ternura, humor negro y crítica ácida hacia una sociedad burguesa completamente empapada de aquella subcultura nacionalcatólica de la que alardeó la dictadura franquista, que tanto mal hizo y continúa haciendo, y de la que todavía algunas personas sienten nostalgia.
 
En la película seguimos en todo momento a don Anselmo, el abuelo viudo de una familia de clase media que vive en la zona centro de una ciudad cada vez más caótica, más ruidosa y más abarrotada de automóviles de todos los tamaños. Madrid se estaba convirtiendo en una ciudad motorizada, como todas las grandes ciudades del mundo, y Anselmo, al ver el “cochecito” que se ha comprado un vecino suyo, se encapricha como un niño por tener también él uno similar, y hará todo lo posible para conseguirlo.
 
Os habréis fijado en que he dicho “vecino”, y no “amigo”, y no ha sido por error, sino porque justamente de lo que habla esta película es de eso, de la falta de amistad, de la falta de empatía y simpatía entre las personas, de las relaciones superficiales o por conveniencia, del desprecio y el olvido cuando alguien ya no es “necesario”. Y sucede en todos los ámbitos, incluso en los más cercanos, o sobre todo en ellos, como pueden ser el familiar o el vecinal.

José Isbert como don Anselmo

Lo único que ve Anselmo reflejado en el cochecito, por lo menos en un principio, es la posibilidad de salir al campo con otros seres humanos, con los que poder hablar, cantar y reir… pero claro, el grupo es muy “exclusivo”, y sólo admite miembros con su propio cochecito.

Anselmo buscará, pedirá, mentirá… por conseguir el dinero necesario para adquirir un cochecito; y viajaremos a algunos lugares de Madrid que, seguramente, sean incluso irreconocibles tras las enormes transformaciones que han ido sucediéndose a lo largo de estos 65 años. Algunos de esos lugares son la calle Fuencarral, el Retiro, el cementerio de la Almudena o la estación de Príncipe Pío.



La ciudad es, como antes decía, un personaje más de la película, con las mismas características que todos y todas los que aparecen en ella: fría, caótica, absurda, en continuo movimiento dentro de una vida vacía, en la que las personas se hablan pero rara vez se escuchan… se mienten, se desprecian y, cuando muestran cariño, que no es muy a menudo, lo hacen casi como una obligación cristiana, y no como un sentimiento real de aprecio o de amor.

Y así, pues, la soledad del pobre Anselmo va saliendo a la luz, y su desesperación por conseguir un cochecito crece con su tristeza. El cochecito se convierte en el salvavidas de Anselmo en un enorme océano solitario y hostil, en una ciudad sorda y muda pero también ensordecedora y voraz, en una jungla de asfalto y de cartón piedra, llena de crucifijos y de miles de soledades.

Y Anselmo no cesará en el empeño de obtener ese cochecito, a pesar de todas las dificultades y de todas las consecuencias.

Por eso consideré tan necesario recordar esta historia tan perfectamente actual, como todas las obras maestras; una historia que sólo podía idear un genio como Azcona, maestro entre los maestros, y Marco Ferreri, maravilloso también, dándole ese toque “berlanguiano” a toda la película.

Es cierto, es triste pero cierto: la única diferencia entre aquel momento y el actual es que han aumentado el ruido y la contaminación, hay más gente y han mejorado ciertas tecnologías, tremendamente importantes, por supuesto, pero los millares, los cientos de miles de soledades siguen aumentando cada día, cada hora… Aunque ahora, en lugar de buscar la solución en un cochecito, que también, la solemos buscar en una pantalla o en cualquier otra banalidad, obviando que, muy cerca, quizás a nuestro lado, hay seguramente otro ser humano buscando también afecto, cercanía y amistad.

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